Reseña de “Economía Rosquilla: siete maneras de pensar como un economista del siglo XXI”de Kate Raworth

Por Diego Chin, profesor de Economía en el I.E.S. Madrid-Sur

‘Entremos más adentro en la espesura’

San Juan de la Cruz

En 2017, el mismo año que salía a la luz la primera edición inglesa de Economía Rosquilla, el divulgador canadiense Guy Dauncey reunía en su ensayo «A new cooperative Economy»más de 60modelos alternativos, cuyas características comunes incluían el respeto por el ser humano y el medioambiente, la libre iniciativa empresarial y la existencia de mercados. Entre ellos estaban, por citar algunos, la ‘Economía del Bien Común’ de Christian Felber, la ‘Economía de la Plenitud’ de Juliet Schor, o la ‘Economía Rosquilla’ que ahora nos ocupa.

En enero de 2023, cuando se cumplen cinco años de su publicación en castellano, el modelo propuesto en “Economía Rosquilla: siete maneras de pensar la economía del siglo XXI” (Paidós, 2018) se ha convertido, por méritos propios, en una referencia dentro del mundo anglosajón. Esta reseña quiere ofrecer a los lectores un panorama amplio del libro, aportando siempre que sea posible las palabras textuales de la autora (seguidas del nº de página donde se encuentran). Si el lector está interesado en una versión ampliada, encontrará al final de esta reseña el enlace a un archivo, elaborado con fines educativos.

La Economía Rosquilla es un obra significativa porque describe mejor nuestra realidad económica que los modelos al uso, y porque nos permitirá tomar decisiones económicas más acertadas en el futuro. Asimismo, su creciente presencia en los medios no ha generado apenas contestación desde ámbitos académicos ni digitales, quizás debido a la solidez de sus argumentos. Economía Rosquilla constituye, pues, una verdadera revolución silenciosa a la que se adhieren la mayoría de sus lectores, especialmente cuando la analizan en profundidad. Los profesores de secundaria y universidad deberíamos colocarla, sin lugar a dudas, en el corazón de nuestros temarios. Sapere aude.

PREFACIO. Quién quiere ser economista.

La biografía de la autora. Son los años 90 del siglo XX. Una brillante alumna de Económicas de la prestigiosa Universidad de Oxford, decepcionada con los estudios que acaba de terminar, decide marcharse por 3 años como cooperante a Zanzíbar, en el cuerno de África. Comienza así el particular recorrido personal de Kate Raworth que, a lo largo de 20 años, discurrirá desde la experiencia en las comunidades agrícolas de Zanzíbar hasta su regreso a la Universidad de Oxford allá por 2016, esta vez como profesora. Por el camino, además de ser madre de gemelos, trabajará varios años como redactora del Informe sobre el Desarrollo Humano de Naciones Unidas y como investigadora enIntermón Oxfam. Como ella misma explica en el prólogo:

“A lo largo de este proceso, poco a poco fui comprendiendo lo evidente: que simplemente no podía alejarme de la economía, porque esta configura el mundo en el que habitamos y, desde luego, su mentalidad me había configurado a mí, incluso por la vía del rechazo. De modo que decidí volver a ella y darle la vuelta. ¿Y si basamos la economía, no en sus arraigadas teorías sino en los objetivos de la humanidad a largo plazo, y luego buscamos el pensamiento económico que nos permita alcanzarlos? Intenté dibujar un esquema de aquellos objetivos y, por ridículo que suene, me salió una rosquilla; ya saben, un dulce con un agujero en medio… básicamente se trata de un par de anillos concéntricos. Por debajo del anillo interior —el fundamento social— se ubican las privaciones humanas cruciales como el hambre y el analfabetismo; más allá del exterior —el techo ecológico— se sitúan los elementos críticos de la degradación planetaria como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Entre estos dos anillos se halla la rosquilla propiamente dicha: el espacio en el que podemos satisfacer las necesidades de todos en el marco de los medios de nuestro planeta.” (pg. 19).

La decisión de escribir el libro. La primera formulación de la Rosquilla tuvo lugar en 2011, en un escenario internacional dominado por los efectos de la gran crisis financiera. Fue entonces cuando Kate entendió que, por mucho que diera a conocer su Rosquilla, no conseguiría cuestionar las ideas predominantes (el llamado mainstream) a menos que ofreciera una alternativa bien fundamentada. Emprendió entonces un potente trabajo de investigación y síntesis que duró seis años y finalizó con la publicación de la versión inglesa del libro: “Doughnut economics: seven ways to think like a 21st-century economist” (Penguin Random House, 2017)

“Con la rosquilla en la mano dejé a un lado mis viejos manuales y me lancé a la búsqueda de las mejores ideas emergentes que fuera capaz de encontrar, explorando el nuevo pensamiento económico tanto con estudiantes universitarios de mente abierta, como con líderes empresariales progresistas, académicos innovadores y profesionales de vanguardia.  Este libro reúne ideas […] relativas a formas de pensar que desearía que se hubieran cruzado en mi camino al principio de mi propia formación económica, y que creo hoy deberían formar parte del instrumental de todo economista. Se inspira en diversas escuelas de pensamiento económico, como la economía de la complejidad, la ecológica, la feminista, la institucional y la conductual. Todas ellas son ricas en ideas, pero sigue existiendo el riesgo de que se mantengan separadas en silos, refugiándose en sus propias revistas, congresos, blogs, libros de texto, puestos docentes, y acaben cultivando su propio nicho crítico con el pensamiento del último siglo. El verdadero avance reside, pues, en combinar lo que cada una de ellas tiene que ofrecer y descubrir que ocurre cuando todas interactúan al unísono, que es justamente lo que se propone hacer este libro”. (pg. 21)

¿En qué consiste este libro de más de 300 páginas?  Se trata de una verdadera revolución conceptual escrita con precisión y rigor académico. La bibliografía contiene más de 400 entradas y el índice de nombres recoge unos 250 economistas. Pero aun así resulta amena y accesible gracias a la enorme capacidad de síntesis de la autora. Otro rasgo significativo del libro es que Raworth no solo argumenta por escrito, sino que construye imágenes y modelos que aspiran a sustituir a los actuales. Así lo declara ella misma:

Irónicamente, limitarse a rechazar el marco dominante solo servirá para reforzarlo. Y sin una alternativa que ofrecer hay pocas posibilidades de entrar en la batalla de idea. […] Si pretendemos escribir una nueva historia económica, tenemos que dibujar nuevas imágenes que dejen a las viejas yacer en las páginas de los libros de texto del siglo pasado.” (pg. 34)

Una propuesta de mínimos y nunca definitiva. Todo modelo no puede ser más que un modelo, una necesaria simplificación del mundo, que nunca debería confundirse con la cosa real […] En las hábiles palabras del estadístico George Box: «Todos los modelos son erróneos, pero algunos resultan útiles». Repensar la economía no va de encontrar la economía correcta (porque no existe), sino de elegir o crear la que mejor sirva a nuestros fines; que refleje el contexto que afrontamos, los valores que sostenemos y los objetivos que albergamos. Dado que el contexto, los valores y los objetivos de la humanidad se hallan en continua evolución, también debería hacerlo nuestra forma de concebir la economía.[…] Dada la velocidad, escala e incertidumbre del cambio que hemos de afrontar en los próximos años, sería temerario pretender prescribir ya de entrada todas las políticas e instituciones que serán adecuadas para el futuro: la próxima generación de pensadores y ‘hacedores’ estará mejor situada para experimentar y descubrir que funciona en un contexto en constante cambio. Lo que sí podemos hacer hoy -y debemos hacerlo bien- es reunir lo mejor de las ideas emergentes y de este modo crear una nueva mentalidad económica que nunca se consolide sino que por el contrario evolucione de manera permanente”. (pp. 32 y 39)

Los tres primeros capítulos. En esta primera reseña vamos a exponer en profundidad los contenidos recogidos en los 3 primeros capítulos, los más fundamentales del libro. De los capítulos 4 a 7 únicamente destacaremos algunas ideas. Comenzaremos, pues, con tres puntos ciegos clave de las teorías económicas al uso. Se trata de conceptos presentes en todos los libros de texto del siglo XX que a día de hoy resultarían fallidos y superados: 1) el crecimiento del PIB como objetivo necesario de toda economía, 2) el Flujo Circular de la Renta como primer diagrama explicativo de nuestra realidad económica, 3) el homo económicus como protagonista de las decisiones económicas. En cada capítulo la autora sigue la misma secuencia metodológica: explica el origen del concepto, refuta su interpretación al uso y enuncia una alternativa, proponiendo una imagen para ilustrarlo.

Doughnut Economics Action Lab (DEAL). Kate Raworth crea en 2019 la organización DEAL, una entidad de economía social muy en la línea del movimiento “Rethinking Economics”, cuyo objetivo es desarrollar la Rosquilla y emplear a jóvenes economistas alternativos. La vitalidad de esta organización queda patente en su web: https://doughnuteconomics.org/

Una clase magistral en Oxford. Dentro del programa de posgrado Global Economic Gobernance 2019/20 de la Universidad de Oxford, Kate imparte una clase magistral de 90 minutos, en inglés, en la que expone la práctica totalidad de los contenidos de su libro. https://youtu.be/ztot7P2uRWY .

CAPITULO 1: Cambiar el objetivo

¿Qué objetivo? Hay una doble dimensión del concepto “crecimiento económico”. La primera es considerarlo un fin, un objetivo. La segunda es considerarlo una estrategia, un medio. En la actualidad, el crecimiento económico está tan imbricado en cualquier ámbito de la vida pública, que nadie repara en esta distinción: el crecimiento económico es necesario, y por lo tanto es a la vez el camino y la meta de nuestro quehacer como actores económicos. Un acierto del libro es, a mi juicio, tratar por separado cada una de estas dos dimensiones. Así, en los capítulos 1 y 2, la autora se desmarca del ‘crecimiento del PIB’ como objetivo principal de la Ciencia Económica; mientras que en el capítulo 7 abordará el crecimiento como una estrategia de política económica, entrando en la cuestión ‘crecimiento verde versus decrecimiento’, tan candente a día de hoy. Es por eso que este libro admite perfectamente una lectura diagonal, saltando del capítulo 2 al capítulo 7, en el caso de que así se decida hacer.

La primera definición. La teoría económica predominante coloca el ‘crecimiento de la renta nacional’ como variable fundamental de sus modelos. Apoyándose en textos de economistas clásicos -del mismo Adam Smith, por ejemplo- y de otros economistas aún vivos, como Amartya Sen, Kate recupera para nuestra querida Ciencia Económica un objetivo más amplio que el actual, para desembocar en su propuesta: el objetivo de la Economía es lograr “la prosperidad humana en un floreciente entramado de vida” -escribe-. Por supuesto, siguiendo su método habitual, Kate pasa enseguida a concretar el nuevo objetivo, materializándolo en un panel de indicadores (20 sociales y 9 ambientales) recogidos en su diagrama de la Rosquilla. 

La pregunta. Pero démonos el gusto de ver cómo Raworth inicia su argumentación desde el primer párrafo. El punto de partida es la reunión que los lideres de los veinte países más poderosos (G20) mantuvieron en noviembre de 2014 en Brisbane, Australia, coincidiendo con la publicación del informe preparatorio de la Cumbre del Clima de Lima (Cop 20), que advertía de los daños ‘graves, generalizados e irreversibles’ causados por las crecientes emisiones de los países ricos. El anfitrión del G20, el entonces primer ministro Tony Abbot,  se apresuró a anunciar a los medios lo que para él era prioritario: ‘los líderes del G20 nos comprometemos a que el crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) de nuestras economías sea de un 2,1 %, por encima del 2,0 % fijado previamente’. Llegados a este punto, Raworth plantea la pregunta que muchos economistas llevan años haciéndose: “¿Como es posible que este único y restrictivo indicador siga acaparando tanta atención a escala internacional?”. Y como buena economista que es, recurre a una imagen del mundo animal para contestar a la pregunta. Eso sí, no se trata esta vez del león y la gacela compitiendo para sobrevivir, tan empleada por el darwinismo social, sino del oportunista comportamiento de un simple pájaro: el cuco.

La respuesta. “Para cualquier ornitólogo, la respuesta sería evidente: el PIB es un cuco en el nido económico. Y para entender por qué, hay que saber un par de cosas sobre los cucos, puesto que se trata de unos pájaros muy taimados. En lugar de criar a su propia descendencia, estas aves ponen subrepticiamente los huevos en los nidos de otros pájaros cuando estos no los vigilan. Los incautos padres adoptivos incuban diligentemente el huevo del intruso junto a los suyos propios. Pero el polluelo del cuco rompe muy pronto el cascarón, expulsa del nido al resto de los huevos y crías, y luego emite rápidas llamadas emulando un nido lleno de hambrienta descendencia. Esta táctica invasora funciona: los padres adoptivos se afanan en alimentar a su abultado inquilino mientras este se va haciendo absurdamente grande hasta llegar a sobresalir del diminuto nido que ha ocupado. Esta es una potente advertencia para otros pájaros: si tú dejas tu nido desatendido, puede resultar muy bien que alguien lo secuestre.

También es una advertencia para la economía: si pierdes de vista tus objetivos, puede resultar muy bien que otra cosa se cuele en su lugar. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido. En el siglo XX, la economía perdió el deseo de formular sus objetivos; y en ausencia de estos, el nido económico fue secuestrado por el objetivo-cuco del crecimiento del PIB.” (pg. 42)

De cómo la Economía perdió de vista su objetivo. El abogado escocés James Stewart planteó por primera vez el concepto de economía política: el objetivo principal de esta ciencia es garantizar un cierto fondo de subsistencia para todos los habitantes…, proporcionar todo lo necesario para satisfacer las necesidades de la sociedad…, y dar empleo a sus habitantes. Una década más tarde Adam Smith probó suerte con su propia definición… [la economía] tenía -escribió- ‘dos objetos distintos: proporcionar una renta o subsistencia abundante a la gente, o más concretamente, permitirle obtener dicha renta o subsistencia por sí misma; y en segundo lugar, proporcionar al Estado o la comunidad una renta suficiente para los servicios públicos’.”(pg. 43)

Acto seguido, la autora recoge cómo la definición de economía, a través de la historia del pensamiento económico, va perdiendo contenido hasta llegar a la actualidad. “En un manual contemporáneo muy utilizado, Principios de economía de Gregory Mankiw, la definición se ha hecho aún más concisa: ‘la economía es el estudio de cómo la sociedad gestiona sus recursos escasos’.  [Como vemos] durante ese proceso [de elaborar una definición] el debate en torno a los objetivos simplemente desapareció de la vista. Y con eso, el cuco había roto el cascarón” (pg. 43).

Felicidad, utilidad y crecimiento. “Por más que afirme estar libre de valores, la teoría económica convencional no puede evitar el hecho de que el valor está incardinado en su propio núcleo: se haya envuelto en el concepto de utilidad que se define como la satisfacción o felicidad que obtiene una persona consumiendo un determinado conjunto de bienes. ¿Y cuál es la mejor manera de medir la utilidad? […] La teoría económica se apresura -de hecho, se precipita- a afirmar que el precio que la gente está dispuesta a pagar por un producto o servicio constituye un indicativo del mercado lo suficientemente bueno como para calcular la utilidad que recibe. Añádase a ello el supuesto aparentemente razonable de que los consumidores siempre prefieren ‘más que menos’ y bastará dar un pequeño paso para concluir que el continuo crecimiento de la renta (y por ende de la producción) constituye también un indicativo aceptable de un bienestar humano cada vez mayor.” (pg. 45)

La economía humanista. “Como hemos visto los padres fundadores de la economía política no tuvieron ningún reparo en hablar de lo que ellos consideraban importante ni de expresar sus opiniones sobre el propósito de la economía. ¿Cómo podemos aprender a hablar de nuevo de valores y objetivos y situar estos en el núcleo de una mentalidad económica adecuada para el siglo XXI? Un punto de partida prometedor consiste en observar el largo linaje de pensadores olvidados que se propusieron restituir el papel de la humanidad como centro del pensamiento económico. Durante siglos este tipo de pensadores [Jean Sismondi, John Ruskin, E.F. Schumacher, Manfred Max-Neef,]… han ofrecido visiones alternativas del propósito de la economía, pero sus ideas se han mantenido apartadas de los ojos y oídos de los estudiantes de economía relegadas a una sensiblera escuela económica calificada de ‘economía humanista’. Pero finalmente su proyecto humanista ha sido objeto de mucha mayor atención y credibilidad. Se podría decir que empezó a consolidarse con el trabajo del economista y filósofo Amartya Sen, un trabajo que le valdría el Premio Nobel. Sen sostiene que el desarrollo debería centrarse ante todo en ‘fomentar la riqueza de la vida humana antes que la riqueza de la economía en la que viven los seres humanos’. En lugar de dar prioridad a indicadores como el PIB, el objetivo debería ser incrementar las posibilidades existenciales de las personas – como la de estar sanos, investirse de poder y ser creativos –  para que puedan decidir ser y hacer en la vida aquello que valoran.” (pg. 52)

Una brújula para el siglo XXI. “En 2008, el presidente francés Nicolas Sarkozy invitó a veinticinco pensadores económicos internacionales, liderados por Sen y su colega, también premio Nobel, Joseph Stiglitz a evaluar los indicadores de progreso económico y social que actualmente guían la formulación de políticas públicas. Tras inspeccionar los indicadores en uso llegaron a una contundente conclusión: ‘Los que intentan guiar la economía y nuestras sociedades -escribieron- son como pilotos intentando fijar un rumbo sin una brújula fiable’. […]  Dejemos [por lo tanto] de lado el crecimiento del PIB y empecemos de nuevo planteando una cuestión fundamental: ¿que permite prosperar a los seres humanos? Un mundo en el que cada persona puede vivir una existencia caracterizada por tres elementos: dignidad, oportunidad y comunidad; y donde todos podamos hacerlo conforme a los medios de nuestro planeta engendrador de vida,” (pg. 53)

¿Qué es exactamente la rosquilla?. “Una brújula radicalmente nueva para guiar a la humanidad en este siglo. Y apunta a un futuro que puede satisfacer las necesidades de cada persona al tiempo que salvaguarda el medio natural del que todos dependemos. Por debajo del fundamento social de la rosquilla se sitúan las deficiencias de bienestar humano que afrontan quienes carecen de elementos esenciales de la vida como el alimento, la educación y la vivienda; más allá del techo ecológico se hallan los excesos de presión sobre los ecosistemas que sustentan la vida en la tierra como el cambio climático, la acidificación de los océanos y la contaminación química. Pero entre estos dos límites se extiende una zona óptima – con una inconfundible forma de rosquilla –  que resulta ser un espacio a la vez ecológicamente seguro y socialmente justo para la humanidad. La tarea propia del siglo XXI no tiene precedentes: llevar a toda la humanidad a ese espacio justo y seguro.” (pg. 53)

El anillo interior. “Muchos millones de personas viven por debajo de cada una de las dimensiones que constituyen el fundamento social. Hoy en día, una de cada nueve personas no tienen lo suficiente para comer. Una de cada cuatro vive con menos de 3 dólares diarios, y uno de cada ocho jóvenes no encuentra trabajo. Casi el 40% de la población vive en países donde la renta se distribuye de manera muy desigual, y más de la mitad vive en países donde existe una gran falta de participación política” (pg. 59).  (Y así hasta 20 indicadores que recoge la Tabla 1)

El anillo exterior. En 2009, un grupo internacional de científicos especializados en la denominada ‘ciencia de sistema tierra’ liderados por Johann Rockström y Will Steffen … identificaron nueve procesos cruciales – como el sistema climático y el ciclo de agua dulce –  que en conjunto regulan la capacidad de la tierra de mantener unas condiciones como las del Holoceno. Para cada uno de esos nueve procesos se preguntaron cuánta presión podía absorber antes de que se pusiera en riesgo la estabilidad que ha permitido a la humanidad prosperar durante miles de años, precipitando al planeta a un estado desconocido… Propusieron un conjunto de nueve limites, como una especie de barreras de seguridad, donde creen que comienza cada zona de peligro… Por ejemplo uno de los límites es mantener la concentración de dióxido de carbono de la atmósfera por debajo de 350 partes por millón. En lo relativo a limitar la conversión de tierras hay que asegurarse de que al menos el 75% de las tierras que actualmente están cubiertas de bosques sigan estándolo, y así sucesivamente” (pg. 57). (Véase la Tabla 2: se han sobrepasado 4 de los 7 limites planetarios para los que existe variable de control. Consulte las Tablas 1 y 2 al final de esta reseña, en el mencionado documento con información ampliada)

Una tarea abrumadora. “En aras de la simplicidad puede resultar tentador tratar de diseñar políticas que aborden cada uno de estos límites planetarios y sociales de manera aislada; pero eso sencillamente no funciona: su interrelación exige que cada uno de ellos se entienda como parte de un complejo sistema socio-ecológico y en consecuencia que se aborde en el marco de un todo general.” (pg. 58).  “[Entrar en la Rosquilla] exige un cambio profundo en nuestras metáforas trocando el ‘adelante y arriba es bueno’ por ‘el equilibrio es bueno’, y al mismo tiempo cambia la propia imagen del progreso económico, por cuanto se pasa del crecimiento infinito del PIB, a la ‘prosperidad humana en un floreciente entramado de vida’, de la rosquilla misma”. Considerando simplemente lo lejos del equilibrio en que nos encontramos actualmente – traspasamos los dos límites de las rosquilla -, la tarea de alcanzar el equilibrio resulta abrumadora. ‘Somos la primera generación que sabe que está socavando la capacidad del sistema tierra de sustentar el desarrollo humano – afirma a Johan Rockström -. Esta es una percepción nueva y profunda y potencialmente resulta de lo más aterradora… Pero es también un enorme privilegio porque significa que somos la primera generación consciente de que necesita pilotar hoy una transformación hacia un futuro globalmente sostenible”. (pg. 64)

Cinco factores clave para poder entrar en la Rosquilla. El final del capítulo desciende a la realidad de las políticas económicas globales. La autora selecciona los cinco factores que, a su parecer, resultan cruciales para lograr esa “prosperidad humana en equilibrio en un entramado floreciente de vida’: el tamaño de la población, la distribución de la renta y la riqueza, las aspiraciones de la creciente clase media, la opciones tecnológicas disponibles, y el diseño de una gobernanza global adecuada.

Responsabilidad es responder con habilidad. La ‘tarea abrumadora’ de entrar en la Rosquilla, a la que se refiere la economista británica, puede comenzar simplemente mencionándola en nuestras conversaciones con amigos o colegas. Me refiero por ejemplo a esos diálogos que finalizan jocosamente con esa frase tan española de “ ahora que hemos pasado un rato arreglando el mundo’. Pero, por supuesto, podemos ir mucho más allá. Especialmente los profesores. Si así lo consideramos, bastará con incluir la Rosquilla en las unidades iniciales de nuestro temario, a continuación de la definición de economía, por ejemplo. Ser responsable es también ofrecer a nuestros alumnos los mejores contenidos a nuestro alcance dentro del marco curricular vigente. Podemos dar prioridad a la Rosquilla frente a los muy similares ‘Objetivos de Desarrollo Sostenible’ (ODS), siendo que aquella los mejora por al menos dos razones: la Rosquilla presenta un panel de indicadores sociales y ambientales más accesible que los ODS, y no tiene la limitación del horizonte temporal de 2030.

CAPITULO 2: Ver el panorama general

La primera imagen que nos llega. Este capítulo es una reflexión en torno a una imagen de gran importancia; aparece en las primeras páginas de la inmensa mayoría de libros de texto disponibles -tanto de secundaria como universitarios- y llevamos años enseñándola: el modelo del Flujo Circular de la Renta (FCR). Kate lo compara con el escenario de una obra de teatro de Shakespeare en el que se representara, no ya La tempestad o Hamlet, sino la obra Economía. Y mediante un análisis preciso, bien documentado, y no exento de cierto humor inglés, la autora nos va abriendo los ojos hasta que entendemos lo evidente: el tablero de juego que plantea el FCR para nuestra economía falla por todos lados; hay que sustituirlo por otro. No quiero decir con esto que haya que tirar el FCR a la basura, no. El FCR sigue siendo útil para explicar muchas cosas: el cálculo del PIB, las políticas keynesianas, o la relación entre familias y empresas. Pero ya no nos sirve como primera imagen representativa del conjunto de la economía, porque ignora el sistema Tierra, se deja fuera elementos fundamentales (comunes, sociedad, riqueza, energía), y centra significativamente la atención en la relación mercantil del empleado-consumidor con las empresas.

Sinceramente. La primera vez que leí este capítulo, tuve una mezcla de sensaciones encontradas: decepción, perplejidad, agradecimiento. Me costaba asimilar, como la autora argumenta, que mientras yo explicaba pacientemente a mis alumnos el aparentemente neutro diagrama del FCR, estuvieramos haciéndole el juego al neoliberalismo sin saberlo. Menos mal que el sentido del humor inglés vino en mi ayuda, y es que Raworth, ya en la introducción, manifestaba su envidia por lo estudiantes novatos: “el hecho de que nunca hayan asistido a una clase de Economía puede resultar una clara ventaja: tienen menos bagaje del que desprenderse, menos grafitis que borrar”. Mantengan, pues, los ojos bien abiertos y el sentido del humor a mano, porque este capítulo lo requiere.

Paul Samuelson. En 1948, el economista norteamericano, discípulo de Joseph Schumpeter, escribió Economía: un manual pensado como ‘curso de introducción a la economía’ – el denominado ‘Econ 101’ de la universidades de habla inglesa- y destinado a cualquier carrera. Kate nos ofrece el relato de cómo se gestó el famoso Modelo de Samuelson.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, la matriculación en las universidades estadounidenses se disparó cuando cientos de miles de soldados volvieron a casa en búsqueda de la educación que se habían perdido…, optaron por estudiar ingeniería -esencial para los trabajos de reconstrucción de la posguerra-, y en ese contexto se les exigió que aprendieran algo de economía… Por entonces Samuelson era un profesor del MIT de 30 años,… pero el jefe de su departamento, Ralph Freeman, le confesó: ‘odian la asignatura. Lo hemos probado todo pero siguen odiándola. Paul, ¿dedicaría usted media jornada durante un semestre o dos a impartir esta materia? Escriba un texto que le guste a los estudiantes’… Según Samuelson aquella era una oferta que no podía rechazar y el texto que escribió durante los tres años siguientes … lleno de imágenes, fue un éxito… traducido a más de cuarenta lenguas, se vendieron cuatro millones de ejemplares en todo el mundo durante un período de sesenta años, proporcionando a varias generaciones de estudiantes todo lo que necesitaban saber sobre ‘Econ-101’ “ (pp. 28 y 29).

El diagrama del flujo circular. “Una de las muchas aportaciones novedosas [de Samuelson] fue el diagrama de flujo circular que resultó ser un éxito a la hora de enseñar economía a las masas. Dado que es el primer modelo macroeconómico con el que se tropieza todo estudiante de Economía, este diagrama tiene el privilegio de poder ejercer la influencia inicial en la tabla rasa del principiante, como Samuelson expresara con regodeo. Siendo así, ¿qué mensaje transmite este modelo acerca de qué actores cuentan y a cuáles hay que ignorar en lo que se refiere al análisis económico? El centro del escenario lo ocupa la relación mercantil entre familias y empresas. […] y tomado en su conjunto, se trata de un sistema cerrado y completo.” (pg. 73)

La utilidad del diagrama del flujo circular. “El diagrama del flujo circular tiene su mérito, puesto que hay buenas razones por las que se convirtió en un clásico. Para los principiantes, el diagrama representaba el primer intento de describir la economía en su conjunto y además ayudaba a establecer el ámbito de los modelos macroeconómicos. Samuelson pretendía que el diagrama ilustrara la concepción Keynesiana de cómo las economías pueden entrar en una espiral de recesión: si el gasto de las familias empieza a disminuir (pongamos por caso debido al temor a que vengan épocas de vacas flacas), las empresas necesitarán menos trabajadores; al despedir a parte de su plantilla estas reducirán el salario neto del país, haciendo que la demanda disminuya. El resultado será una recesión anunciada, la cual -sostenía Keynes- habría sido mejor evitar incrementando el gasto público hasta que las cosas empezaran a moverse de nuevo y se recuperara la confianza. Es más, el diagrama también proporciona la base de diferentes formas de medir la renta nacional, en un marco contable que todavía se utiliza en todo el mundo. Se trata, claramente, de una imagen práctica que visibiliza muchas ideas macroeconómicas clave.” (pg. 74)

Lo que el diagrama del flujo circular esconde. “El problema, no obstante, reside en lo que no visibiliza. En palabras del pensador especializado en sistemas John Sterman: ‘los supuestos más importantes de un modelo no residen en las ecuaciones, sino en lo que no está en ellas;  no se hallan en la documentación, sino en lo que no se menciona; no figuran en las variables que aparecen en la pantalla del ordenador, sino en los espacios en blanco que las rodean’. Sin duda el diagrama del flujo circular tiene que ir acompañado de esta advertencia. Pensemos, por ejemplo, que no hace mención alguna de la energía ni de los materiales de los que depende la actividad económica, ni de la sociedad en la que dichas actividades tienen lugar: simplemente no aparecen en su elenco de personajes. ¿Los omitió Samuelson de manera intencionada? No es probable: al fin y al cabo él solo pretendía ilustrar el flujo circular de la renta, de modo que literalmente no salen en la foto. Pero con ello quedó definido el escenario” (pg. 75)

El guion neoliberal dentro del escenario del flujo circular. “En 1947, un año antes de que Samuelson publicara su icónico diagrama del flujo circular, un pequeño grupo de aspirantes a guionistas económicos de inspiración liberal – integrado por Friedrich Hayek, Milton Friedman Ludwig von Misses y Frank Knight – se reunió en la villa turística suiza de Mont Pelerin para empezar a bosquejar lo que esperaban que un día se convirtiera en la historia económica dominante. Inspirándose en los textos favorables al mercado de liberales clásicos como Adam Smith y David Ricardo, crearon lo que denominaron una agenda ‘neoliberal’. Su objetivo, dijeron, era presionar con fuerza para hacer retroceder la amenaza del totalitarismo estatal que se extendía con rapidez gracias a la creciente influencia de la Unión Soviética. Pero ese propósito se fue transformando gradualmente en un fuerte impulso en favor del fundamentalismo de mercado, y, con él, se transformó asimismo el propio significado del término ‘neoliberal’. Es más, cuando apareció el diagrama de Paul Samuelson – describiendo qué actores ocupaban el centro de la economía y cuáles se veían desplazados a los laterales – este vino a proporcionar el escenario perfecto para su obra.” (pg.76)

La representación del guion neoliberal. “El gran momento llegó por fin en 1980, cuando Margaret Thatcher y Ronald Reagan aunaron sus fuerzas para llevar el guion neoliberal a la escena internacional. Recién elegidos ambos, se rodearon de expertos de Mont Pelerin: el equipo electoral de Reagan incluía más de veinte miembros de la Sociedad [Mont Pelerin] mientras que el primer ministro de Economía y Hacienda que tuvo Thatcher, Geoffrey Howe, también pertenecía a ella. Como si fuera el más duradero de los espectáculos de Broadway, el espectáculo neoliberal ha estado representándose desde entonces, enmarcando firmemente el debate económico de los últimos 30 años. Pero es hora ya de que presentemos al elenco de personajes que protagonizan esta historia:

Se trataba, sin lugar a dudas, de un reparto brillante, casi inapelable. El mercado -prometía el guion neoliberal- es el camino a la libertad, y ¿quién querría ir en contra de eso? Pero depositar una fe ciega en los mercados -ignorando a la vez el medio natural, la sociedad y el poder incontrolado de los [mercados financieros y los] bancos- nos ha llevado al borde del colapso ecológico, social y financiero. Ha llegado el momento de que el espectáculo neoliberal abandone la escena: hoy están naciendo una historia muy distinta.” (pp. 77 a 79)

Un nuevo siglo, un nuevo espectáculo. Para narrar esa nueva historia, empecemos con una nueva imagen del conjunto de la economía. Samuelson dibujó su icónico diagrama a finales de la década de 1940 —después de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial—, de modo que resulta comprensible que se centrara en la cuestión de cómo conseguir que la renta volviera a fluir a través de la economía. No tiene nada de asombroso, pues, que su diagrama definiera la economía únicamente en términos de sus flujos monetarios. Con ello, sin embargo, venía a ofrecer al pensamiento económico un escenario extremadamente reducido, junto con un elenco de personajes bastante restringido. De modo que empecemos de nuevo, planteando una cuestión económica más acorde con nuestra propia época: ¿de qué dependemos para satisfacer nuestras necesidades? Aquí presentamos una respuesta visual a esta cuestión, resumida en un diagrama al que he llamado «la economía incardinada» y que condensa en una sola imagen una serie de ideas importantes procedentes de distintas escuelas de pensamiento económico [institucional, ecológica, feminista y otras] .

¿Qué muestra esta imagen? Primero la Tierra —el medio natural—, alimentada por la energía del Sol. Dentro de la Tierra está la sociedad humana y, dentro de ella, la actividad económica, donde la familia, el mercado, los comunes y el Estado constituyen todos ellos importantes ámbitos de satisfacción de las carencias y necesidades humanas, y cuyo funcionamiento se ve posibilitado por los flujos financieros.” (pp. 79 a 81)

Llegados a este punto, la autora desarrolla los personajes de este nuevo escenario. Dicho de otra manera, pasa a explicar detenidamente el sentido que ella da a cada una de los elementos que se incluyen dentro del diagrama de la ‘Economía Incardinada’, y que no estaban presentes en el Flujo Circular de Samuelson: economía, familia, comunes, sociedad, tierra; y alguno más.

            LA ECONOMÍA, que es diversa, así que favoreced todos sus sistemas:

“Incardinada en esta rica red de la sociedad se halla la propia economía, la esfera en la que la gente produce, distribuye y consume productos y servicios que satisfacen sus carencias y necesidades. Hay un rasgo básico de la economía que no suele señalarse en «Econ 101»: que normalmente está integrada por cuatro ámbitos de abastecimiento —la familia, el mercado, los comunes y el Estado—, tal como se representa en el diagrama de la economía incardinada. Los cuatro son medios de producción y distribución, pero funcionan de maneras muy distintas. Las familias producen bienes «básicos» para sus propios miembros; el mercado produce bienes privados para quienes quieran y puedan pagarlos; los comunes producen bienes cocreados para las comunidades involucradas, y el Estado produce bienes públicos para toda la población. Yo no querría vivir en una sociedad cuya economía careciera de alguno de estos cuatro ámbitos de abastecimiento, puesto que cada uno de ellos posee cualidades peculiares y una gran parte de su valor se deriva de sus interacciones. En otras palabras, funcionan mejor cuando trabajan juntos.

Es más, mientras que el diagrama de flujo circular identificaba a las personas principalmente como trabajadores, consumidores y propietarios de capital, el diagrama de la economía incardinada nos invita a reconocer muchas otras identidades sociales y económicas de nuestra propia esfera. En la familia podemos ser padres, cuidadores y vecinos. En lo que respecta al Estado, todos somos miembros de la ciudadanía, utilizamos los servicios públicos y a cambio pagamos impuestos. Con respecto a los comunes, somos creadores colaborativos y administradores de riqueza compartida. En la sociedad podemos ser ciudadanos, votantes, activistas y voluntarios. Cada día oscilamos sin el menor problema entre estos diferentes papeles y relaciones: de cliente a creador, del mercado al lugar de encuentro, de la negociación al voluntariado. Consideremos, pues, por separado cada uno de estos ámbitos.” (pg. 87)

            LA FAMILIA, que es básica, así que valorad su contribución :

“Cuando Adam Smith, en su alabanza del poder del mercado, señalaba que «no es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero la que nos procura la cena, sino la consideración de su propio interés», se olvidaba de mencionar la benevolencia de su madre, Margaret Douglas, que había criado sola a su hijo desde que nació; … y cuando empezó a escribir su gran obra ‘La riqueza de las Naciones’ se trasladó de nuevo a casa de su querida anciana madre, que podía procurarle su cena cada día. Pero el papel de ella nunca se mencionó en su teoría, y en adelante seguiría siendo invisible durante siglos… La teoría económica ortodoxa está obsesionada con la productividad del trabajo asalariado mientras que ignora por completo el trabajo no remunerado que lo hace posible, tal como la economía feminista ha dejado claro durante décadas. Sin embargo, como señala la economista Neva Goodwin, lejos de ser secundaria, en realidad es la ‘economía básica’ y ocupa el primer lugar en la vida cotidiana, sustentando los elementos esenciales de la vida familiar y social con los recursos humanos universales del tiempo, el conocimiento, la habilidad, el cuidado, la empatía, la enseñanza y la reciprocidad. Y si hasta ahora el lector no había pensado nunca en ello, es hora ya de que conozca a su ama de casa interior (porque todos llevamos una). Esta habita en transacciones cotidianas tales como hacer el desayuno, fregar los platos, limpiar la casa,, comprar la comida enseñar a los niños a andar y a compartir, lavar la ropa, cuidar de los padres ancianos, vaciar los cubos de la basura, recoger a los niños en la escuela, ayudar a los vecinos, hacer la cena, barrer el suelo y prestar atención. En suma, realiza todas aquellas tareas -algunas con los brazos abiertos, otras apretando los dientes- que sustentan el bienestar personal y familiar, y sostienen la vida social…

En el África subsahariana y en el sur de Asia, el tiempo que se dedica a la economía básica resulta especialmente visible puesto que cuando el Estado no cumple su función, y el mercado queda fuera del alcance, los miembros de la familia tienen que encargarse de procurar directamente la satisfacción de muchas de sus necesidades. Millones de mujeres y niñas dedican diariamente varias horas a caminar a lo largo de kilómetros cargadas con el equivalente a su propio peso en agua, comida o leña sobre la cabeza, a menudo con un bebé atado a la espalda, y todo ello sin salario y alguno. Pero esta división entre trabajo remunerado y no remunerado basada en el género es frecuente en cualquier sociedad, aunque a veces resulta menos visible. Y dado que el trabajo en la economía básica no está remunerado por lo común se infravalora y es objeto de explotación, generando unas desigualdades que se mantienen durante toda la vida en cuanto a estatus social, oportunidades, renta y poder entre mujeres y hombres.

Tampoco hay que tomarse a la ligera la envergadura de la contribución de la economía básica. En un estudio realizado en 2002 en la rica población suiza de Basilea, el valor estimado del trabajo asistencial no remunerado realizado en el seno de las familias superaba el coste total de los salarios pagados a todo el personal de todos los hospitales, guarderías y escuelas de la ciudad, desde los directores hasta los conserjes.

¿Por qué es importante que esta economía básica resulte visible en la ciencia económica? Pues porque […] es esencial para el bienestar humano, y la productividad en la economía remunerada depende directamente de ello. Es importante porque, cuando —en nombre de la austeridad y del ahorro en el sector público— los gobiernos recortan el presupuesto para guarderías, servicios comunitarios, permisos por paternidad y clubes juveniles, la necesidad de proporcionar atención asistencial no desaparece: simplemente pasa a quedar arrinconada en el hogar. La presión que ello ejerce, fundamentalmente en el tiempo de las mujeres, puede obligarles a estas a dejar el trabajo, incrementando así la tensión social y la vulnerabilidad. Esto socava tanto el bienestar como el empoderamiento de la mujer, con múltiples repercusiones tanto para la sociedad como para la economía. En suma, incluir la economía doméstica en el nuevo diagrama de la macroeconomía es el primer paso para reconocer su carácter fundamental, y para reducir y redistribuir el trabajo no remunerado de las mujeres.”(pp. 87 a 89)

            LOS COMUNES, que son creativos, así que liberad su potencial :

“Los denominados «comunes» (también «recursos comunes» o «bienes comunales») son recursos de la naturaleza o la sociedad susceptibles de ser compartidos que las personas deciden utilizar y controlar mediante la autogestión en lugar de depender de que lo haga el Estado o el mercado. Piense, por ejemplo, en cómo una comunidad rural podría gestionar su único pozo de agua dulce y su bosque cercano, o en cómo un montón de usuarios de Internet de todo el mundo colaboran en la gestión de la Wikipedia. Tradicionalmente, los comunes naturales han surgido en comunidades que aspiran a administrar los recursos que constituyen el «acervo común» de la Tierra, como los pastizales, los caladeros, las cuencas de los ríos y los bosques. Los comunes culturales sirven para mantener vivos la lengua, el patrimonio y los rituales, los mitos y la música, el conocimiento tradicional y las prácticas de una comunidad. Y, por último, los comunes digitales —rápidamente crecientes— se administran online de forma colaborativa, cocreando software de código abierto, redes sociales, información y conocimiento.

La descripción que hiciera Garrett Hardin de los comunes como una «tragedia» —y que tan bien encajaba en el guion neoliberal— provenía de su creencia de que, si se daba libre acceso a todo el mundo, los pastizales, bosques y caladeros serían inevitablemente objeto de sobreexplotación y acabarían por agotarse. Es muy probable que no le faltara razón en ese aspecto, pero el «libre acceso» está lejos de ser el modo como actualmente se utilizan los comunes mejor gestionados. En la década de 1970, Elinor Ostrom, una politóloga entonces poco conocida, empezó a buscar ejemplos reales de recursos comunes naturales bien gestionados a fin de averiguar qué era lo que hacía que funcionaran; lo que descubrió le valdría el Premio Nobel. Lejos de ser objeto de «libre acceso», los bienes comunales que estudió estaban gestionados por comunidades claramente definidas con reglas colectivamente acordadas y sanciones punitivas para quienes las quebrantaban. De ese modo, constató que, lejos de ser una tragedia, los comunes pueden representar un auténtico triunfo, superando tanto al Estado como al mercado a la hora de administrar de forma sostenible y explotar de manera equitativa los recursos de la Tierra, tal como ilustramos en los capítulos 5 y 6.

El «triunfo de los comunes» resulta evidente sin duda en los bienes comunes digitales, que se están convirtiendo con rapidez en uno de los ámbitos más dinámicos de la economía global. […] El resultado de todo ello es que una creciente gama de productos y servicios pueden producirse en abundancia sin apenas costes, liberando el potencial de ámbitos tales como el diseño de código abierto, la enseñanza gratuita online y la fabricación o producción distribuida. En algunos sectores clave, los comunes colaborativos del siglo XXI han empezado a complementar al mercado, a competir con este o incluso a desplazarlo. Es más, el valor generado lo disfrutan directamente quienes participan como cocreadores en dichos comunes, y es posible que dicho valor no pueda monetizarse, lo cual plantea interesantes implicaciones para el futuro del crecimiento del PIB, tal como veremos en el capítulo 7.

Pese a su potencial creativo —y a veces gracias a él—, durante siglos tanto el Estado como el mercado se han apropiado de recursos comunes, mediante, por ejemplo, el cercado de tierras comunales, la división de la empresa en trabajadores y propietarios, o el auge de la rivalidad entre el mercado y el Estado. Todo ello con la ayuda de la teoría económica, que pretendía mostrar que los comunes estaban condenados al fracaso. Pero, gracias a Ostrom, las bien documentadas evidencias de éxito en la gestión de diversos recursos comunes han generado un creciente interés en su resurgimiento; de ahí que deban aparecer claramente representados en el diagrama de la economía incardinada.” (pp.91 y 92)

            EL MERCADO, que es poderoso, así que enmarcadlo con prudencia :

“La gran idea de Adam Smith fue mostrar que el mercado puede movilizar información difusa sobre las carencias de la gente y el coste de satisfacerlas, coordinando así a miles de millones de compradores y vendedores a través de un sistema global de precios; y todo ello sin necesidad de un gran plan centralizado. Esta eficiencia distribuida del mercado es un hecho extraordinario.

Pero el poder del mercado tiene también su lado negativo: solo valora lo que tiene precio, y solo se lo confiere a quienes pueden pagarlo. Como el fuego, resulta extremadamente eficiente en lo que hace, pero peligroso si se descontrola. Cuando el mercado está libre de ataduras, degrada el medio natural sometiendo a una tensión excesiva las fuentes y sumideros de la Tierra. También es incapaz de proporcionar bienes públicos esenciales —desde la educación y las vacunas hasta las carreteras y líneas férreas— de los que depende profundamente su propio éxito. Al mismo tiempo, y como veremos en el capítulo 4, su dinámica intrínseca tiende a incrementar las desigualdades sociales y a generar inestabilidad económica. De ahí que el poder del mercado deba enmarcarse con prudencia en un contexto de regulaciones públicas, y en la economía en su conjunto, para definir y delimitar su terreno.

Y también es esa la razón por la que cada vez que oigo a alguien alabar el «libre mercado», le pido que me lleve allí, porque jamás lo he visto en funcionamiento en ninguno de los países que he visitado. Desde hace largo tiempo, los economistas institucionales —desde Thorstein Veblen hasta Karl Polanyi— han señalado el hecho de que los mercados (y, por ende, sus precios) se ven configurados en gran medida por el contexto de las leyes, las instituciones, las regulaciones, las políticas públicas y la cultura de una sociedad. Como escribe Ha-Joon Chang: «Un mercado solo parece libre porque aceptamos sus restricciones subyacentes de una forma tan incondicional que no logramos verlas». […]. Y, por extraño que pueda parecer, esto significa que no existe eso que llamamos desregulación, sino únicamente una ‘re-regulación’ que enmarca el mercado en un conjunto distinto de reglas políticas, legales y culturales, limitándose simplemente a alterar quién asume los riesgos y los costes, y quién se lleva los beneficios del cambio.” (pg.90)

             EL ESTADO, que es esencial, así que hacedlo responsable :

“Con vistas a la historia económica del siglo XXI, hay que repensar el papel del Estado. Digámoslo de este modo: en la película basada en la obra de teatro, el Estado debería poder optar plenamente a llevarse el Óscar al mejor actor de reparto, actuando como el socio económico que apoya por igual a la familia, a los comunes y al mercado. Primero, proporcionando bienes públicos —que van desde la educación pública y la atención sanitaria hasta las carreteras y el alumbrado público— destinados a todo el mundo, y no solo a quienes pueden pagarlos, lo cual permitirá prosperar a la sociedad y su economía. En segundo término, apoyando el papel asistencial básico de la familia, como, por ejemplo, mediante la promoción de políticas de permisos de maternidad y paternidad que mejoren la vida de ambos progenitores, inversiones en las primeras etapas educativas y el respaldo a la atención asistencial de las personas mayores. En tercer lugar, liberando el dinamismo de los comunes, con leyes e instituciones que incrementen su potencial colaborativo y los protejan de la usurpación. En cuarto término, sacando pleno partido al poder del mercado enmarcándolo en instituciones y regulaciones que promuevan el bien común, con medidas que vayan desde la prohibición de los agentes contaminantes tóxicos y del abuso de información privilegiada hasta la protección de la biodiversidad y los derechos de los trabajadores.

Como todo buen actor secundario, el Estado también puede llegar a ocupar el centro del escenario, asumiendo riesgos empresariales allí donde el mercado y los comunes no puedan o no quieran llegar. A veces se esgrime como prueba del dinamismo del mercado el extraordinario éxito de empresas tecnológicas como Apple. Pero Mariana Mazzucato, experta en la economía de innovación liderada por el Estado, señala que la investigación básica que subyace a todas y cada una de las innovaciones que hacen «inteligente» a un teléfono inteligente —el GPS, los microchips, las pantallas táctiles y la propia Internet— fueron financiadas por el gobierno estadounidense. Es el Estado, no el mercado, el que resulta ser el socio innovador y capaz de asumir riesgos, no «desplazando», sino «dinamizando» a la empresa privada […] Ese liderazgo del Estado es algo necesario hoy en todo el mundo para catalizar la inversión pública, privada, de los comunes y las familias en un futuro de energías renovables.

El Estado como socio económico potenciador y posibilitador: suena bien; ¿quizá demasiado bien para ser verdad? Eso depende de manera crucial —argumentan el economista Daron Acemoglu y el politólogo James Robinson— de si en cada país las instituciones económicas y políticas del Estado son inclusivas o extractivas. Explicado de manera sucinta, las instituciones inclusivas son todas las que dan voz a numerosas personas en los procesos de adopción de decisiones, a diferencia de las extractivas, que privilegian la voz de unos pocos, a quienes permiten explotar y gobernar a otras personas. La amenaza del Estado autoritario es muy real, pero también lo es el peligro del fundamentalismo de mercado. Para evitar tanto la tiranía del Estado como la del mercado, la clave está en las políticas democráticas, reforzando con ello el papel fundamental que desempeña la sociedad a la hora de generar el compromiso cívico necesario para la participación y la responsabilidad en la vida pública y política.” (pg. 93)

            LA SOCIEDAD, que es fundamental así que alimentad sus conexiones :

“Cuando Thatcher declaró que no existía la sociedad ni nada por el estilo, fue una sorpresa para muchos; sobre todo para la sociedad. Teóricos políticos como Robert Putnam utilizan la expresión «capital social» para describir la riqueza que se crea en el seno de los grupos sociales en términos de confianza y reciprocidad como resultado de sus redes de interrelaciones. Ya sea a través de equipos deportivos locales o de festivales internacionales, grupos religiosos o clubes sociales, construimos normas, reglas y relaciones que nos permiten cooperar entre nosotros y depender unos de otros. Estas interconexiones crean cohesión social y contribuyen a satisfacer necesidades humanas fundamentales como las de participación, ocio, protección y pertenencia. ‘La interconectividad comunitaria no va de contar cálidas y vagas historias de triunfo cívico —escribe Putnam—. De formas cuantificables y bien documentadas …] el capital social nos hace más inteligentes, más sanos, más seguros, más ricos y más capaces de gobernar una democracia justa y estable’.

Es obvio que la vitalidad de una economía depende de la confianza, las normas y el sentimiento de reciprocidad alimentados en el seno de la sociedad, del mismo modo que todo deporte depende de que sus jugadores se atengan a una serie de reglas comunes. Pero, a su vez, la vitalidad de una sociedad se ve configurada por la estructura de su economía: las interrelaciones que construye o debilita; el civismo que fomenta o erosiona; y la distribución de riqueza que genera, como veremos en el capítulo 5.

Una sociedad próspera, además, tiene más probabilidades de generar un fuerte compromiso político, en forma de reuniones comunitarias, organizaciones de base, votaciones en comicios y participación en movimientos sociales y políticos que exigen responsabilidades a los representantes políticos. «Se producen cambios significativos cuando los movimientos sociales alcanzan un punto crítico de poder capaz de forzar a los políticos cautelosos a abandonar su tendencia a dejar las cosas como están», escribe el historiador estadounidense Howard Zinn, haciendo referencia al movimiento antiesclavista del siglo XIX y al movimiento pro derechos civiles del XX, ambos surgidos en su propio país. La gobernanza democrática de la sociedad y la economía se basa en el derecho y la capacidad de los ciudadanos de participar en el debate público; de ahí la importancia de la «participación política» en el fundamento social de la rosquilla.” (pg. 86)

            LA TIERRA, que es generadora de vida, así que respetad sus límites:

“La importancia de la Tierra en la economía resultó evidente para los primeros economistas. En el siglo XVIII, François Quesnay y sus colegas los fisiócratas tomaron ese nombre precisamente de su creencia de que las tierras agrícolas eran la clave para entender el valor económico. Es cierto que aquellos primeros economistas basaron su pensamiento ecológico de forma demasiado estricta en las tierras agrícolas, pero al menos hacían mención del medio natural. A partir de ahí, no obstante, las cosas empezaron a torcerse, y hay muchas teorías acerca de por qué sucedió esto.

Adam Smith, el padre del pensamiento económico clásico, se basó en el trabajo de los fisiócratas, considerando que el potencial de riqueza de una nación dependía en última instancia de su clima y su suelo. Pero también pensaba que el secreto de la productividad residía en la división del trabajo, así que centró su atención en ese tema. De manera similar, David Ricardo creía que «los poderes originales e indestructibles del suelo» hacían de las escasas tierras agrícolas una determinante clave del valor económico. Pero cuando empezaron a cultivarse nuevas tierras en las colonias británicas decidió que la escasez de la tierra había dejado de representar una amenaza, y entonces, como Smith, pasó a centrar su atención en el trabajo. John Stuart Mill también supo ver claramente la importancia de los materiales y la energía de la Tierra en toda producción económica, pero él quería diferenciar la ciencia social de la ciencia natural, de manera que (en una decisión bastante poco útil) propuso que el campo de la economía política se centrara en las «leyes de la mente» y no en las «leyes de la materia».

En la década de 1870, el pensador radical estadounidense Henry George señaló el hecho de que la tierra ganaba valor para sus propietarios aunque estos no hicieran nada por mejorarla, y, en consecuencia, abogó en favor de un impuesto sobre el valor de la tierra, lo que llevó a sus influyentes adversarios (todos ellos terratenientes) a minimizar la importancia de la tierra en la teoría económica a partir de entonces. ¿Y cuál fue el resultado de todo esto? pues que, a pesar de que los economistas clásicos, liderados por Smith y Ricardo, habían presentado el trabajo, la tierra y el capital como tres factores de producción claramente diferenciados, a finales del siglo xx la economía ortodoxa había reducido su centro de interés a solo dos: el trabajo y el capital; [… relegando] las tensiones ecológicas como el cambio climático, la deforestación y la degradación del suelo a la periferia del pensamiento económico

Un sistema cerrado. Así pues, recuperemos el sentido desde un primer momento y reconozcamos que, lejos de ser un bucle circular cerrado, la economía es un sistema abierto con constantes flujos de entrada y salida de materia y energía. La economía depende de la Tierra como fuente: de la extracción de recursos finitos como el petróleo, la arcilla, el cobalto y el cobre, y de otros renovables como la madera, los cultivos, el pescado y el agua dulce. De manera similar, la economía depende de la Tierra como sumidero para sus desechos, como en las emisiones de gases de efecto invernadero, las escorrentías de fertilizantes y el vertido de plásticos. […] Redibujar la economía como un subsistema abierto perteneciente al sistema cerrado Tierra es el principal cambio conceptual introducido por los economistas ecológicos en la década de 1970, como por ejemplo Herman Daly. Y representa un cambio de paradigma que ha ido adquiriendo cada vez mayor importancia dada la creciente escala de la economía. En 1776, cuando Adam Smith publicó ‘La riqueza de las naciones’, había menos de mil millones de personas en el mundo, y, en términos monetarios, el tamaño de la economía global era trescientas veces inferior al actual. En 1948, cuando Paul Samuelson publicó Economía, la población del planeta todavía no llegaba a los tres mil millones de personas, mientras que la economía global era todavía diez veces inferior a la actual. En el siglo XXI, [también denominado Antropoceno] hemos dejado atrás la denominada era del «mundo vacío», cuando el flujo de energía y materia que atravesaba la economía global todavía era pequeño en relación con la capacidad de las fuentes y sumideros de la naturaleza. Hoy vivimos —en palabras de Daly— en un «mundo lleno», con una economía que excede la capacidad de regeneración y de absorción de la Tierra, sobreexplotando fuentes como el pescado y los bosques, y sobrellenando sumideros como la atmósfera y los océanos.

Energía. Añádase a ello un segundo cambio de perspectiva: el flujo de recursos fundamentales de la economía no es un carrusel de dinero, sino más bien una vía de dirección única de energía; y nada puede moverse, crecer o funcionar sin utilizar esa energía. […] El flujo circular de la renta en la economía, pasaba completamente por alto su flujo transversal de energía. Esta lección […] se aplica a toda la macroeconomía: el papel de la energía merece ocupar un lugar mucho más prominente en cualesquiera teorías económicas que aspiren a explicar qué es lo que impulsa la actividad económica.

La inmensa mayoría de la energía que hoy alimenta la economía global procede del sol. Parte de esa energía de origen solar, como la luz y el viento, nos llega cada día en tiempo real. Otra parte ha sido almacenada en época reciente, como la energía ligada a los cultivos, el ganado y los árboles. Y otra parte se almacenó hace mucho tiempo, en especial los combustibles fósiles: el petróleo, el carbón y el gas […]; durante los últimos doscientos años, y especialmente desde 1950 [y hasta la actualidad -la llamada Gran Aceleración-], el uso que ha hecho la humanidad de la energía ancestral de los combustibles fósiles ha liberado a la atmósfera dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero a un ritmo absolutamente sin precedentes,… lo que se traduce en un calentamiento global de origen humano.

De vuelta a la Rosquilla. Esta perspectiva más amplia del flujo transversal de la energía y los materiales nos invita a imaginar la economía como un superorganismo —piense en una gigantesca babosa— que exige una ingesta constante de materia y energía procedente de las fuentes de la Tierra y vierte un chorro constante de materia y calor residuales en sus sumideros. En un planeta como el nuestro, con unos ecosistemas intrincadamente estructurados y un clima que se halla en un delicado equilibrio, esto plantea una pregunta que hoy resulta evidente: ¿qué medida puede llegar a alcanzar el flujo transversal de materia y energía de la economía global en relación con la biosfera antes de que trastorne los propios sistemas planetarios de soporte vital de los que depende nuestro bienestar? Los nueve límites planetarios de los que ya hemos hablado proporcionan una primera y convincente respuesta a esta pregunta, [que] en el capítulo 6 exploraremos”. (pp. 82 a 85)

Una oportunidad. Al final del primer capítulo, apuntábamos lo fácil que sería introducir la Rosquilla en un curso básico de economía y empresa. En lo referente a este segundo capítulo, integrar el diagrama de la ‘economía incardinada’ en un curso introductorio implica realizar cambios en varios puntos del temario, empezando por ampliar la clasificación de bienes y servicios según su origen, porque a los habituales bienes privados y bienes públicos habría que añadir ahora los bienes básicos y los bienes co-creados. Por lo demás, el modelo de la ‘economía incardinada’ nos resultaría muy útil para explicar nuevos saberes introducidos por el curriculum LOMLOE. En concreto nos permitiría entre otros: establecer un vínculo entre una economía y su entorno social, cultural y ambiental; explicar la economía circular; entender el origen de la economía colaborativa (que a menudo procede de un bien co-creado dentro de los comunes); y dar entrada al autoconsumo, que lejos de entenderse ya como una práctica en desuso, ha regresado con fuerza a nuestros jardines (huertos urbanos) y a nuestros tejados (¿por qué hay tanta gente instalando placas solares, profe?). En fin, como acabamos de ver en este capítulo, el modelo FCR de Samuelson data de 1948, y la economía incardinada de Raworth es de 2017, y esto se nota.

CAPITULO 3: Cultivar la naturaleza humana

En este tercer capítulo Kate disecciona el concepto de homo económicus: expone su origen, explica sus limitaciones y enuncia una alternativa, proponiendo una imagen más real para esa unidad mínima de la actividad económica que representa el ser humano. Los nuevos protagonistas de la economía quedarán definidos por la autora como humanos sociales adaptables. En la segunda parte del capítulo se explora la siguiente cuestión: ¿Cómo podemos influir sobre los humanos sociales adaptables que somos para orientar nuestro comportamiento hacia el interior de la Rosquilla?

El protagonista de la economía. Entraremos de lleno en el mensaje principal de este capítulo: “El hombre económico racional constituye el núcleo de la teoría económica ortodoxa pero la historia de su origen se ha borrado de los manuales de texto, su retrato se pinta con palabras y ecuaciones, no con imágenes. Si hubiera que dibujarlo, no obstante, tendría un aspecto parecido a este: un individuo solo, con dinero en la mano, de mente calculadora y el ego en el corazón. […]Es el protagonista de todos los manuales de la economía ortodoxa; influye en la adopción de decisiones en materia de políticas públicas en todo el mundo; configura el modo en el que hablamos de nosotros mismos y nos dice silenciosamente cómo comportarnos. De ahí precisamente que sea tan importante […], de modo que es hora ya de volver a conocernos a nosotros mismos, eliminando esa representación caricaturesca de la galería económica y pintando, en su lugar, un nuevo retrato de la humanidad. […] Muchos artistas están colaborando en su composición, desde psicólogos, científicos conductuales y neurólogos, hasta sociólogos politólogos y, desde luego, economistas.” (pg. 104)

El origen del término homo economicus. La autora se remonta a los clásicos, desde John Stuart Mill, pasando por Charles Stanton Devas y llegando hasta Alfred Marshall, para trazar el origen de un sujeto económico que más bien parece una caricatura: “solitario, que calculaba constantemente su utilidad e insaciable en sus carencias”. Sin embargo, habrá que esperar a los inicios del siglo XX para completar el retrato del homo economicus.

 “Aun así no era suficiente. […] De ahí que en la década de 1920, el economista de la Escuela de Chicago Frank Knight, decidiera dotar al hombre económico de dos rasgos divinos -el conocimiento perfecto y la capacidad de previsión perfecta- que le permitían comparar todos los bienes y precios a lo largo del tiempo. […] Aquello supuso una ruptura decisiva con el viejo retrato ya que se trataba simplemente de exagerar rasgos humanos reconocibles; ahora Knigth había adornado a su Homo economicus con poderes sobrehumanos, y al hacerlo había convertido la caricatura en un personaje de historieta. […] En la década de 1960, Milton Friedman reforzó las justificaciones de Knight, defendiendo el personaje de historieta con el argumento de que, considerando que en la vida real la gente se comportaba como si realmente hiciera los cálculos egoístas y omniscientes atribuidos al hombre económico racional, aquellos supuestos simplificados -y el personaje de historieta que describían- eran legítimos. De manera crucial, aproximadamente en la misma época, muchos economistas prominentes empezaron a ver aquel personaje de historieta como un ejemplo, un modelo de cómo debería comportarse el hombre real.” (pg.108)

La vida imita al arte. “A lo largo de dos siglos […] lo que empezó siendo un modelo del hombre terminó convirtiéndose en un modelo para el hombre. Esto reviste una gran importancia -argumenta de economista Robert Frank– porque ‘nuestras creencias sobre la naturaleza humana ayudan a configurar la propia naturaleza humana’. Las investigaciones realizadas por Frank y otros han revelado en primer lugar que la disciplina de la ciencia económica tiende a atraer a personas egoístas. [En una investigación realizada en] Israel, los estudiantes de economía de tercer año consideraban los valores altruistas como la amabilidad, la honestidad y la lealtad mucho menos importantes en la vida que sus compañeros de primer año. ‘Los perniciosos efectos de la teoría del propio interés han sido de lo más preocupantes -concluye Frank- al alentarnos a esperar lo peor de los demás hace aflorar lo peor de nosotros mismos: temiendo quedar como unos tontos, a menudo nos mostramos reacios a seguir nuestros más nobles instintos’.” (pg.108)

Homo sapiens y reciprocidad. “Adam Smith supo ver que el propio interés constituye un rasgo humano eficaz para hacer funcionar los mercados […], sin embargo basta tomar cierta distancia y echar un vistazo a cómo se comporta realmente la gente para que este supuesto empiece a aparecer endeble. Además de mirar por nosotros mismos, también miramos por los demás. Ayudamos a los extraños cuando van cargados de equipaje, nos sujetamos la puerta, compartimos comida y bebida, donamos dinero a organizaciones benéficas y hasta donamos sangre -incluso órganos- a personas que ni siquiera llegamos a conocer. Los bebés de sólo 14 meses ayudan a otros alargándoles los objetos que no alcanzan, y los niños de apenas tres años comparten sus alegrías con otros. Desde luego tanto a los niños como a los adultos les cuesta compartir -sin duda también tenemos la capacidad de arrebatar y acumular -, pero el hecho llamativo es que compartimos en cualquier ámbito de la vida. Resulta que el Homo sapiens es la especie más cooperativa del planeta, superando a las hormigas, a las hienas e incluso las ratas topo cuando se trata de convivir con quienes no pertenecen a nuestra parentela más cercana. En suma, pues, junto con nuestra propensión a comerciar, también nos sentimos inclinados a dar, compartir y corresponder. Ello puede deberse al hecho de que la cooperación aumenta las probabilidades de supervivencia de nuestro propio grupo. En los términos más sencillos, lo que hacemos es enviarnos un claro mensaje unos a otros: si quieres apañártelas aprende a llevarte bien con los demás.” (pp. 112)

El retrato del siglo XXI. A modo de conclusión de esta primera parte del capítulo 3, la autora nos muestra el retrato de la persona que, según su análisis, debería ser la protagonista de nuestros modelos.

“El retrato que pintamos de nuestra persona configura claramente aquello en los que nos convertimos. De ahí que resulte esencial para la ciencia económica hacer un nuevo retrato de la humanidad. Comprendiendo mejor nuestra propia complejidad, podremos cultivar la naturaleza humana y darnos a nosotros mismos una posibilidad mucho mayor de crear economías que nos permitan prosperar dentro del espacio seguro y justo de la rosquilla. Los bocetos preliminares de este autorretrato actualizado ya han empezado a realizarse y de hecho revelan cinco grandes cambios en el mejor modo de representar nuestro yo económico. Primero: lejos de actuar estrictamente en nuestro propio interés, somos seres sociales y propensos a la reciprocidad. Segundo: en lugar de preferencias fijas tenemos valores fluidos. Tercero: en lugar de seres aislados, somos interdependientes. Cuarto: en vez de cálculos solemos hacer aproximaciones. Y quinto: lejos de dominar la naturaleza, estamos profundamente incardinados en la red de la vida” (pg. 111)

Valores fluidos. La caracterización de los valores humanos, a partir de la moderna antropología, permite a la autora obtener claves muy útiles para entender cómo nos comportamos, y poder influir así en nuestras decisiones  económicas.

Desde la década de 1980, el psicólogo Shalom Schwartz y sus colegas han estado entrevistando a personas de todas las edades y extracciones sociales en más de ochenta países, merced a los cual han identificado diez conjuntos de valores personales básicos que se reconocen en todas las culturas: autonomía, estimulación, hedonismo, éxito, poder, seguridad, conformidad, tradición, benevolencia y universalismo. En relación al objetivo de cultivar la naturaleza humana, destacan tres cosas en sus conclusiones. En primer lugar, los diez valores básicos están presentes en toda la humanidad, y cada uno de nosotros está motivado por todo el conjunto, aunque en grados ampliamente distintos que varían de una cultura a otra y de una persona a otra. Así, por ejemplo, puede que el poder y el hedonismo predominen en algunas personas, mientras que en otras prevalecen la benevolencia y la tradición. En segundo término, cada uno de estos valores puede «engranarse» en nosotros si es activado: cuando se nos recuerda la seguridad, por ejemplo, es probable que asumamos menos riesgos; cuando evocamos el poder y el éxito, es menos probable que nos preocupemos por las necesidades de los demás. En tercer lugar —y de manera más interesante—, la fuerza relativa de estos distintos valores cambia en nosotros no solo a lo largo de nuestra vida, sino, de hecho, muchas veces al día en la medida en que cambiamos de papel social y de contexto, ya sea al pasar del lugar de trabajo al espacio social, de la mesa de la cocina a la mesa de reuniones, o de los comunes al mercado y luego al hogar. Y —como los músculos— cuanto más a menudo se «engrana» un determinado valor, más fuerte se hace. […] Engranar un valor, como la estimulación, tiende a activar a sus vecinos, el hedonismo y la autonomía, a la vez que reprime a sus opuestos, la seguridad, la conformidad y la tradición.” (pp.116 y 117)

La publicidad y los valores. A continuación Raworth explica cómo los publicistas sí que consideran los valores como palancas fundamentales de nuestro comportamiento, y saben aprovecharse de ello tratando a menudo de conectar su producto con valores profundamente arraigados en nosotros, como la libertad o la pertenencia. Pone el ejemplo de Edward Bernays, sobrino de Freud y uno de los padres de la propaganda, que en los años 40 consigue persuadir a las mujeres norteamericanas para que fumen, convenciéndolas de que sus cigarrillos son ‘antorchas de libertad’; o al americano medio para que consuma huevos con beicon, vendiéndoselos como el ‘desayuno típicamente americano’. Es un ejemplo de cómo la realidad desmiente la teoría del consumidor clásica, que explica que cualquier modificación de los hábitos de compra de la gente se debe a la recepción, por su parte, de nueva información sobre los productos, a un cambio de los precios relativos, o a una variación de sus ingresos. Una vez más, el modelo del hombre económico racional hace aguas: los publicistas no lo usan, porque no es real.

Economía del comportamiento. En esta segunda parte del capítulo, la autora se adentra en lo que en inglés se denomina ‘behavioral economics”. Su intención es mostrar cómo se comporta ese nuevo protagonista de la economía -social, interdependiente, aproximador, de valores fluidos y dependiente del medio-, y así poder diseñar las políticas económicas que nos permitan acceder al espacio justo y seguro de la Rosquilla. Para los que estudiaron la carrera de Económicas en los años 90, como es mi caso, y que por tanto casi nunca recibieron el mensaje ‘cooperar es más eficiente que competir’ (a excepción del ejemplo aislado del ‘dilema de prisionero’ de la Teoría de Juegos), este pasaje del libro les abrirá los ojos a muchos ejemplos, estudios e investigaciones (hay unas 50 entradas bibliográficas), en los que resulta preferible confiar en herramientas distintas a los precios (como la reciprocidad en el caso del ‘dilema del prisionero’) para lograr resultados sociales óptimos. Es alentador comprobar cómo, a través de los años, sí que ha habido economistas y otros investigadores sociales que han mirado a lugares distintos del mercado para encontrar las respuestas que ahora necesitamos. Menos mal. Porque en el diseño de muchas políticas públicas (asuntos que van desde el cuidado del medioambiente a la escolarización de los niños) la mayoría de los estudios confirman que las herramientas más eficientes no son ofrecer recompensas monetarias, sino otras muy diferentes: apelar a los valores y a la reciprocidad, enviar indirectas (recordatorios) a los usuarios, visibilizar soluciones positivas en las redes, alfabetizar en conceptos medioambientales o emplear métodos heurísticos (aptitudes de razonamiento estadístico aproximativo).

CAPITULOS  4 a 7

Hemos cumplido el objetivo de esta reseña que era abordar los fundamentos del modelo de la Rosquilla, recogidos en los tres primeros capítulos. Del resto de capítulos, que merecerían reseñarse igualmente, y que ofrecen valiosos análisis y orientaciones sobre las grandes cuestiones económicas actuales, como el medioambiente o la desigualdad, nos limitaremos a recoger tan solo unas pocas pinceladas, gracias a la síntesis final que hace la autora a modo de coda de esta sinfonía conceptual que es su libro.

“La tarea del economista del siglo XXI está clara: crear economías que favorezcan la prosperidad humana en un floreciente entramado de vida, de modo que podamos prosperar en equilibrio dentro del espacio seguro y justo de la rosquilla. Esto empieza por reconocer que toda economía, desde el nivel local hasta el global, está incardinada en la sociedad y en el medio natural. También implica reconocer que la familia, los comunes, el mercado y el Estado pueden constituir todos ellos medios eficaces de satisfacer nuestras numerosas necesidades y carencias, y que tienden a funcionar mejor cuando trabajan juntos. Profundizando nuestro conocimiento de la naturaleza humana podemos crear instituciones e incentivos que refuercen nuestra reciprocidad social y los valores relativos al prójimo, en lugar de socavarlos. Una vez que aceptemos la complejidad intrínseca de la economía, podemos configurar su dinámica en permanente evolución mediante una gestión inteligente. Esto abre la posibilidad de convertir las actuales economías divisivas y degenerativas en otras que sean distributivas y regenerativas por diseño, lo cual a su vez nos invita a volvernos agnósticos con respecto al crecimiento creando economías que nos permitan prosperar tanto si crecen como si no.” (pg. 292)

Despedida. Termino esta reseña conectando las ideas de dos generaciones de economistas “humanistas”. En primer lugar un párrafo del economista y profesor José Luís Sampedro, escrito en 1985, y reeditado por Ediciones Lentas. En segundo lugar, una cita del libro y una diapositiva empleada por Kate Raworth en la clase magistral mencionada al comienzo de esta reseña. ¿Pueden ver la conexión entre ambos? La economista inglesa reproduce en una imagen aquello que el español ya insinuaba hace casi 40 años.

“Me parece que la solidaridad (es decir, la tolerancia frente a la agresividad, la cooperación frente a la competencia, la propia realización frente al éxito exterior, la ecología frente a la contaminación) es un objetivo más digno de ser propuesto a un joven en el umbral de su vida que esa degradante ambición, ofrecida hoy como única meta por el desarrollismo, de poseer cada vez más cosas en vez de ser mejor, y de ejercer un creciente poder sobre el mundo y sobre los demás en vez de aplicarlo hacia dentro en el dominio de sí mismo, fuente de la vida intensa y de la paz verdadera”. (Economía eres tú, José Luís Sampedro. Ediciones Lentas, 2010.)

“Se levanta el telón de la historia del siglo XXI. Ahora tome distancia y eche un vistazo a todo el escenario y al nuevo elenco de personajes que se han presentado en el capítulo 2. ¿Qué diferencia supone todo ello? El mero hecho de dejar a un lado el diagrama de flujo circular y dibujar la economía incardinada en su lugar, transforma el punto de vista de partida del análisis económico. Pone fin al mito del mercado independiente y autosuficiente, reemplazándolo por la familia, el mercado, los comunes y el Estado como fuentes de abastecimiento; todo ello como algo incardinado y dependiente de la sociedad, que a su vez está incardinada en el medio natural. Esto desplaza nuestro centro de atención, que pasa del mero seguimiento del flujo de la renta a la comprensión de las numerosas fuentes de riqueza —naturales, sociales, humanas, físicas y financieras— de las que depende nuestro bienestar”.

Gracias, tenaz visitante, por tu atención.

’→  (enlace a resumen ampliado para docentes, en construcción)

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