Un hogar en el mundo. Memorias de Amartya Sen

Una interesante recopilación de fragmentos de la vida del Premio Nobel de Economía Amartya Sen. Desde su infancia y formación en las ciudades de Daca y Calcuta bajo la influencia de la escuela fundada por Rabindranath Tagore hasta su envidiable periplo por las mejores universidades de todo el planeta en las que se relacionó con las principales figuras y economistas de su época.

Destaco dos aspectos de las memorias de Amartya. Por un lado, su preocupación por los temas relacionados con la disminución de la pobreza y la desigualdad. Por otro, su capacidad para valorar las aportaciones (muchas veces enfrentadas) de diferentes autores y escuelas de pensamiento económico: «La combinación de estímulos intelectuales y tiempo de relajación en el MIT me dio la oportunidad de reflexionar sobre mi comprensión de la economía como un todo. Fue un placer dejar de ver la economía en términos de victoria-derrota entre diferentes escuelas de pensamiento. Llegué a entender la economía como una materia integrada en la que había espacio para diferentes enfoques, de diferente importancia según el contexto, que podría servirse de manera productiva de diferentes herramientas de análisis (con razonamiento matemático de tipos particulares o sin él) para hacer justicia con cuestiones de muchas clases. Habida cuenta de que desde mis inicios siempre me habían interesado diferentes puntos de vista sobe la economía y siempre me había gustado explorar escritores con diferentes intereses y compromisos (desde Adam Smith, Condorcet, Mary Wollstonecfraft, Karl Marx y John Stuart Mill a John Maynard Keynes, John Hicks, Paul Samuelson, Kenneth Arrow, Piero Sraffa, Maurice Dobb y Gérard Debreu), quería comprobar cómo podía hacer que unos dialogasen con otros. Eso resultó ser no solo educativo para mí, sino también una gran fuente de diversión, pues llegué a la conclusión de que la economía era una materia mucho más amplia de lo que yo había pensado en un principio. Fue una época increíblemente constructiva, y también inesperada.»

Aquí varios fragmentos que me han resultado de interés. Por si…

Pág. 51. Evidentemente, el fenómeno de los respectivos aumentos del ruo o del ilish dependía de la imprevisibilidad de los resultados futbolísticos (es decir, de las victorias del Mohan Bagan o del East Bengal). Debo admitir que me divertía un poco calcular exactamente qué supuestos eran necesarios para los precios de cada tipo de pescado fueran fijos o volátiles. Pero también llegué a una segunda conclusión. Si la economía realmente consiste en resolver este tipo de problemas, me dije, puede que nos ofrezca cierto entretenimiento analítico, pero lo más probable es que se trate de un entretenimiento inútil. Me alegro de que aquel escepticismo no me disuadiera cuando llegó el momento de decidirme por economía en mi primer año en la universidad. Por suerte comprobé que la reflexión de Adam Smith sobre la relación entre la presencia de ríos navegables y la prosperidad de una civilización ofrecía más motivo para la reflexión.

Pág. 79. Su creencia en la razón y la libertad subyace en la visión que Tagore tenía de la vida en general y de la educación en particular, lo que le llevó a insistir en el hecho de que la educación seria, y para todos, es el elemento más importante en el desarrollo de un país.

Pág. 256. Si es correcto afirmar que el eslogan reiteradamente repetido que se atribuye a Marx (“De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”) se contradice con lo que Marx pensaba que sería viable en un futuro próximo, también lo es que cierta versión de una ética marxista de necesidad y libertad fue uno de los más importantes principios progresistas e iluminadores que influyeron profundamente en Europa tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial.

Pág. 311. Conocí a Mahbub un Haq, que era de Pakistán, en Cambridge. Estaba en el King´s College, un corto paseo del Trinity, y nos conocimos cuando yo me encaminaba a la primera clase a la que asistí en Cambridge. El trimestre acababa de empezar y yo andaba deprisa por King´s Parade para oír a Joan Robinson, la famosa economista, cuyo libro de 1933, The Economics of Imperfect Competition, había leído con honda admiración en Calcuta, y estaba ansioso por asistir a su clase. Era una agradable mañana de otoño, y Mahbub, con un elegante (estiloso, de hecho) atuendo, caminaba rápido por King´s Parade a la clase de Joan Robinson, como yo.

Ambos llegábamos un poco tarde (de hecho, Joan Robinson llegó aún más tarde) y empezamos a hablar sin cambiar el paso. Me considero afortunado de que la conversación, que se inició de forma algo entrecortada durante aquel encuentro en octubre de 1953, se prolongó durante nuestra vida, hasta la repentina y trágica muerte de Mahbub en 1998. Fuera de las aulas, cuando paseábamos juntos por los Backs, junto al río Cam, o charlábamos en su habitación o en la mía, nos quejábamos sobre la economía dominante. ¿Por qué le interesaba tan poco la visa de los seres humanos? Mahbub y yo no solo nos apreciábamos, sino que compartíamos muchos intereses intelectuales. El vanguardista trabajo de Mahbub en la puesta en marcha de los Informes de desarrollo humano en 1990 reflejaba su pasión -una pasión con una base sólidamente razonada- para ampliar el ámbito de la economía.

Pág. 336. En aquella época, los principales debates económicos en Cambridge giraban en torno a los agregados económicos, incluido el valor agregado del capital. Ese debate dejaba de lado otras cuestiones que tenían una importancia fundamental, como la desigualdad, la pobreza y la explotación. Se suponía que en Cambridge la economía era políticamente de izquierdas. Aún así, me costaba creer que, si el capitalismo se derrumbara en algún momento, ese derrumbe se debiera a un sofisticado error en la teoría del capital en lugar de por la horrible manera en que el capitalismo trata a los seres humanos. A. C. Pigou (que aún estaba vivo y residía en Cambridge, y a quien los neokeynesianos solían tachar de anticuado economista neoclásico porque había desafiado varias afirmaciones macroeconómicas de Keynes) manifestó una mayor comprensión del verdadero problema cuando dijo: «No ha sido el asombro, sino el fervor social surgido de los sórdidos callejones y la tristeza de las vidas marchitas lo que ha provocado la ciencia económica».

Sobre estas cuestiones, Joan Robinson adoptó una postura que de hechos se ha vuelto bastante popular en la India actual: en cuanto a las prioridades, en lo primero en lo que hay que concentrarse es en maximizar el crecimiento económico. Cuando el país haya crecido y se haya enriquecido, entonces puede pasar a ocuparse de la sanidad, la educación y todo lo demás. En mi opinión, ese enfoque es uno de los errores más graves de la teoría del desarrollo, porque el pico de mayor necesidad de una buena sanidad y una buena educación sucede cuando el país es pobre.

Por otra parte, incluso aunque el crecimiento económico sea importante, su búsqueda obstinada -que implica el descuido de la educación, la sanidad y la alimentación- no solo es terrible para la calidad de vida de las personas, sino que además es una estrategia contraproducente, porque esos componentes fundamentales para una vida decente son también elementos importantes para la productividad del ser humano, como señaló el propio Adam Smith hace mucho tiempo. Por algún motivo, Joan sentía poca simpatía por la comprensión integral de la teoría del desarrollo económico de Smith.

Pág. 368. Conocía a Sam Brittan en el otoño de 1954 cuando hacía mis estudios de licenciatura y él acababa de regresar de una visita a Rusia que le había confirmado sus peores sospechas sobre la Unión Soviética. Me contó que había sido miembro del club laborista antes del viaje, pero que a su regreso había decidido retirarse y unirse a los liberales. Me gustaban nuestras conversaciones y asimilé algo de su pensamiento económico general: una postura bien pensada a favor del mercado, pero con un espíritu más bien liberal que conservador para dejar que la gente dirija su propia vida. No teníamos grandes discrepancias respecto a la necesidad de utilizar la economía de mercado, o el lugar que esta debe tener en nuestro pensamiento económico y político, ni en su enfoque más liberal que conservador de las instituciones.

Sin embargo, a mí me preocupaban más que a Sam las deficiencias del mercado y lo que este pudiera hacer, sobre todo su incapacidad para abordar los efectos que tienen sobre el individuo y la sociedad los factores externos al mercado, lo que los economistas denominan externalidades (de las cuales la polución, el crimen, la miseria urbana y la prevalencia de enfermedades infecciosas son buenos ejemplos). En 1920, A. C. Pigou ya había escrito con mucha claridad sobre los diferentes tipos de externalidades en su famoso libro The Economics of Welfare.

En 1954, mientras cursaba mis estudios universitarios de economía con Sam, Mahbub y otros, el gran economista Paul Samuelson publicó un artículo impactante titulado “The Pure Theory of Public Expenditure”, en el que analizaba cómo los mercados suelen equivocarse de lleno en la producción y asignación de bienes públicos compartidos, como la seguridad, la defensa, los planes generales de atención sanitaria y demás.

Pág. 422. Uno de los detalles más agradables del departamento de economía del MIT en aquella época era el hecho de que los economistas solíamos comer juntos en el comedor de los profesores todos los días laborables, sentados alrededor de una mesa circular. Además de Samuelson y Solow, otros de los que solían sentarse allí eran Franco Modigliani, Evsey Domar, Frank Fisher, Edwin Kuh, Louis Lefeber, Richard Eckaus y algunos más con los que yo disfrutaba charlando. Había mucha distención, pero la llamativa diferencia entre las reuniones de economistas en la vieja Cambridge era una total ausencia de sectarismo entre los miembros de diferentes escuelas de pensamiento. Nunca me ha resultado aburrido discutir (y había mucho de eso en las comidas del MIT), pero la fatiga que sentía en Cambridge al ser testigo de los ensayados ataques contra otras escuelas de pensamiento allí brillaba por su ausencia.

La combinación de estímulos intelectuales y tiempo de relajación en el MIT me dio la oportunidad de reflexionar sobre mi comprensión de la economía como un todo. Fue un placer dejar de ver la economía en términos de victoria-derrota entre diferentes escuelas de pensamiento. Llegué a entender la economía como una materia integrada en la que había espacio para diferentes enfoques, de diferente importancia según el contexto, que podría servirse de manera productiva de diferentes herramientas de análisis (con razonamiento matemático de tipos particulares o sin él) para hacer justicia con cuestiones de muchas clases. Habida cuenta de que desde mis inicios siempre me habían interesado diferentes puntos de vista sobe la economía y siempre me había gustado explorar escritores con diferentes intereses y compromisos (desde Adam Smith, Condorcet, Mary Wollstonecfraft, Karl Marx y John Stuart Mill a John Maynard Keynes, John Hicks, Paul Samuelson, Kenneth Arrow, Piero Sraffa, Maurice Dobb y Gérard Debreu), quería comprobar cómo podía hacer que unos dialogasen con otros. Eso resultó ser no solo educativo para mí, sino también una gran fuente de diversión, pues llegué a la conclusión de que la economía era una materia mucho más amplia de lo que yo había pensado en un principio. Fue una época increíblemente constructiva, y también inesperada.

Pág. 448. (Estado de bienestar) Ese cambio radical estuvo claramente vinculado al nuevo enfoque social: recuerdo que cuando me instalé en Gran Bretaña leía mucho a William Beveridge (y su enérgica lucha contra la “escasez, la enfermedad, la ignorancia, la miseria y la desocupación”). Cuando investigué sus orígenes, comprendí que el cambio también estaba relacionado dialécticamente con la guerra que acababa de terminar y sobre todo con una revalorización de las experiencias compartidas que hacía que la gente tuviera mayor conciencia de la importancia de la cooperación.

Tuve la fortuna de compartir mis dudas y pensamientos con Piero Sraffa, que había reflexionado mucho sobre el tema. Me llamó la atención que, además de hacer referencia a las ideas de Gramsci (cosa habitual en Sraffa), mostró mucho interés en que leyera los textos de John Maynard Keynes que hablaban de la formación -y de la importancia- de la opinión pública y el papel que desempeñaba en la transformación social, sobre todo sus Ensayos de persuasión (1931). Entre otras cosas, Keynes se esforzó por demostrar que era crucial que las distintas partes trabajaran juntas para alcanzar sus respectivas metas, incluso cuando no coincidían del todo, pero compartían algunos objetivos en común.

Pág. 471. Adam Smith estaba muy interesado en complementar procesos del mercado mediante el uso de instituciones ajenas a este, por ejemplo, con intervenciones estatales que sirvan para ampliar los servicios públicos, como la educación y la sanidad pública. Fue útil hablar en clase sobre cómo una combinación de instituciones podía producir claras ventajas a la hora de superar la división y las deficiencias, especialmente para aquellas franjas de población que sufrían serias privaciones.

Un poderoso componente del razonamiento moral de Smith es el uso de lo que él denomina “el espectador imparcial”: prestar atención a la falta de prejuicios y divisiones que deberíamos tratar de utilizar imaginando cómo alguien desde el exterior, carente de condicionamientos locales o personales, analizaría una situación particular, incluidas las desigualdades en curso. En las discusiones en clase utilizábamos los resultados de la investigación que había reunido Hammond Titmuss y otros investigadores sociales, en particular sobre el grado en el que las construcciones de posguerra en Gran Bretaña se basaron en la lección extraída del cooperativismo en el país durante la guerra.

Nuestros debates en clase también hacían hincapié en el hecho de que Smith -con su profunda empatía por los pobres y los desfavorecidos- siempre se había mostrado contrario a la “superioridad” de los mejor situados. Uno de los ejemplos que tuvimos en cuenta fue La teoría de los sentimientos morales de Smith, publicada en 1759, que describe los prejuicios antiirlandeses de las clases altas inglesas o la continua tolerancia respecto a la práctica de la esclavitud por parte de amplios sectores de las clases altas en América y Europa.

Pág. 472. Nuestra empatía razonada, más allá de los límites geográficos o temporales, puede nacer tanto de la fuerza de nuestros afectos espontáneos como del poder de la argumentación, como le sucedió a Adam Smith en su crítica a la esclavitud. Rabindranath Tagore tuvo razón al otorgarle una importancia absoluta tanto a la empatía espontánea como a la persuasión a través del razonamiento. Le sorprendía negativamente que tantas personas quedasen excluidas de las preocupaciones del mundo debido a cuestiones de raza o lugar de nacimiento. En su última conferencia pública, en 1941, poco antes de su muerte, Tagore expresó el horror que sentía ante el tratamiento recibido por ciertos sectores de la humanidad, igual que Smith entendía que la esclavitud era intolerante. En palabras de Tagore: “ Los mejores y más nobles dones de la humanidad no pueden ser monopolio exclusivo de una raza o de un país en particular; su alcance no debe verse limitado ni puede ser considerado como el tesoro de un avaro enterrado bajo tierra”.

Me resultó muy gratificante comprobar que mis alumnos reconocían a la perfección el respeto y la comprensión fundamental de los seres humanos que habían mostrado Smith y Tagore. Sin duda son una sólida fuente de esperanza para el mundo.

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