
Revista Alternativas económicas (febrero 2026)
A la economía ortodoxa le interesan los cuidados. Pero no le interesan en sí las tareas que sirven para regenerar cotidiana y generacionalmente el bienestar físico y emocional de las personas, sino que lo que le interesa es mercantilizar todas las facetas que engloban este ámbito: cuidado infantil y de personas mayores o con necesidades especiales, autoproducción de alimentos y de arreglos, atención de tareas domésticas para la cobertura familiar de las necesidades, afecto o atención emocional de sus miembros, etc. Generalmente muchas de estas tareas se producen en circuitos de intimidad y en el marco de los hogares y cuando los cuidados son cubiertos de esta manera desaparecen de sus cuentas y quedan invisibilizados para la macroeconomía.
Como tan bien cuenta siempre Yayo Herrero las personas somos seres vivos vulnerables e interdependientes. Somos ecodependientes (sin la naturaleza no semos naide), pero también somos interdependientes. Nacemos con una fragilidad extrema. Tardamos un año en levantarnos, dos en comunicarnos y cuatro en poder vestirnos por nuestra cuenta para protegernos del frío. También, en diferente medida, requerimos cuidados físicos y emocionales durante el resto de nuestra vida. Nuestra vulnerabilidad y dependencia son la razón por la que vivimos en comunidad. Para sobrevivir, dependemos del tiempo, los trabajos y los afectos que otras personas nos dedican pero existe una gran diferencia entre los cuidados realizados en el seno de la familia e invisibilizados para la economía, y aquellos mercantilizados y monetizados que sí son tenidos en cuenta en los indicadores económicos. Es la diferencia que encontramos cuando las actividades realizadas por los propios miembros del entorno familiar pasan a ser realizadas por empresas de servicio doméstico, escuelas infantiles, residencias de ancianos o cualquier otro mercado lucrativo.
Como se apunta con atino desde la economía feminista, son las mujeres las que aguantan el peso principal de los cuidados en las sociedades tradicionales y en las modernas y, cuando han pasado a ser mercantilizados, también son ellas las que realizan la mayoría de esos trabajos muchas veces en condiciones laborales precarias.
No parece que una aceptación de los cuidados (no como una situación de excepcionalidad, sino como una característica inherente a la naturaleza humana, que todos y todas tenemos el derecho, pero también el deber, de recibir y proveer) se adapte demasiado bien a los parámetros por los que se rige la economía convencional y el sistema capitalista. Parece, más bien, que si queremos cuidarnos en buenas condiciones tendremos que inventar nuevas formas de organizar nuestra economía y nuestra sociedad.

Lectura:
El amor: Es muy conocida la historia de una abogada de prestigio que, debido a sus largas jornadas laborales, contrata una empresa de servicio doméstico. Dicha empresa envía a una joven migrante para realizar labores de limpieza, compra y preparación de comidas. Estas dos mujeres no se conocen, sin embargo, todos los días aparecen las habitaciones recogidas y limpias, el frigorífico bien provisto, las camisas planchadas y la comida preparada para calentar en el microondas.
Una mañana que la abogada olvidó poner el despertador, al salir corriendo hacia el trabajo se cruzó en la puerta con su empleada del servicio doméstico. Cruzaron una intensa mirada y, sin necesidad de dirigirse demasiadas palabras, pasaron muchas cosas en el pasillo de esa casa que no se pueden contar en un libro de economía. Solo decir que la abogada acabó llamando al trabajo para disculpar su ausencia durante esa jornada y que la joven, ese día, no pudo completar sus tareas cotidianas.
De ese despiste con el despertador surgió el amor y las dos protagonistas formalizaron su relación, se casaron y decidieron que mantendrían sus oficios, pero, claro, las labores domésticas de la joven ya no las realizaría a través de la empresa de servicios sino simplemente compartiendo los ingresos familiares cual pareja de hecho.
El Instituto Nacional de Estadística ha informado a través de un comunicado oficial que fruto de esta nueva situación, el PIB del país ha descendido puesto que se contabiliza una actividad económica menos. El amor, una vez más, ha deteriorado la contabilidad nacional.

Para saber más:
¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? Katrine Marçal (Debate, 2016). Katrine Marçal aborda en este ensayo una historia de las mujeres y la economía y reivindica el papel de los cuidados desde una perspectiva feminista y necesaria: «Las mujeres tienen un peor acceso a la educación y la tecnología. Tienen peor acceso al agua. Peor acceso a los cuidados médicos. Peor acceso al crédito bancario. Peor acceso a los mercados económicos. Tienen mucho más difícil poner en marcha empresas para hacer negocios. Peores condiciones de trabajo. Peores salarios. Peor acceso a la información y, por consiguiente, peor conocimiento de sus derechos».

La vida en el centro: voces y relatos ecofeministas. Yayo Herrero, Marta Pascual y María González Reyes (textos). Emma Gascó (Ilustraciones) (Libros en acción, 2018). «Cuidados, dice una economista feminista, son los trabajos que regeneran el deterioro que se genera cada día en el mercado de trabajo. Cuidar y mantener es tarea de Titanes en una cultura que exige productividad (monetaria) y que desprecia el trabajo en la sombra de mantenimiento cotidiano, dejándose deslumbrar por las grúas, los automóviles de alta gama o las gestas heroicas de futbolistas y banqueros.»
